Cuando llega septiembre, la mayoría de la gente recoge sus bártulos de playa, guarda los bañadores y se pone el cartel de “Ha llegado el otoño”. ¡No! ¡Error! ¡No lo hagas! ¡¡Los mejores días de playa son septiembre y octubre!! Especialmente si vas con niños pequeños o si eres de las que no te gusta achicharrarte bajo el sol.

En julio y agosto, la playa está abarrotada de gente. Tienes que luchar por encontrar un sitio donde poner la sombrilla (sin hablar de dónde aparcar el coche, si no tienes la suerte de vivir cerca del mar…). Cuando por fin has conseguido instalarte, completamente acalorada y empapada de sudor, te diriges al mar, te zambulles de un salto y… ¿¡qué pasa!? El agua no está tan fresca como te habría gustado… (a mi me gusta gélida). Ni está tan transparente como habías imaginado, pues en pleno verano el mar está bastante agitado y con olas. Si tienes suerte, tu primer día de playa no habrá algas, pero es cuestión de tiempo que acechen, pues es bastante común que inunden la playa en esas fechas.

Si aun así has conseguido introducirte felizmente en el agua y empiezas a relajarte, no tardarás en sentirte rodeada… de mucha mas gente también muy relajada a tu alrededor. Cerca, muy cerca. Familias con niños, abuelos octogenarios, adolescentes en plena efervescencia hormonal… todos bañándose en tu misma “bañera”…

Cuando regresas a tu toalla después del “refrescante” y ” relajante” baño, descubres que en el espacio que tú habías calculado como “razonable” para plantar tu sombrilla a cierta distancia de la de tu “vecino”, alguien ha decidido poner otra sombrilla, 2 toallas y una nevera. ¡¡Ésta última rozando tu propia toalla…!! No obstante, decides respirar hondo, no dejarte llevar por la ira y metes la cabeza entre las páginas de tu libro favorito.

Pero claro, a esas alturas, estás ya tan rodeada de gente, que te resulta imposible concentrarte en la lectura. En cambio, te enteras de que Tere, la amiga de Susana, se ha divorciado de su marido porque éste era un vago. Y que su suegra, la llamó “perra” delante de sus propios cuñados… una vergüenza…

Pues bien. En septiembre y octubre esto no ocurre. Las playas están razonablemente despejadas (sobre todo en octubre). El agua está inexplicablemente mas serena. Apenas hay días de oleaje, con lo cual, el agua está maravillosamente transparente. Y fresquita. El sol es una caricia en tu piel, calienta pero no quema. Si vas con niños, no tienes que preocuparte tanto por si les va a dar una insolación o si se van a deshidratar. La temperatura es mucho mas suave. Siempre me ha parecido una gran contradicción, ponerse a tomar el sol justo en la época en la que éste es mas duro y desagradable. Tomar el sol en octubre es una delicia…

Así que si tienes la suerte de vivir mas o menos cerca del mar. No dudes en ir a la playa a pasar el sábado o el domingo. Llévate unos bocadillos y algo para merendar. Ya tendrás tiempo de de aburrirte de los parques de siempre, de las cafeterías y centros comerciales, y de las comidas en casa de tu suegra. El invierno es muy largo, ¡no lo adelantes innecesariamente!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.