A menudo nos ocurre que desde que suena el despertador dejamos de ser los dueños de nuestra vida. Siempre con prisas. Vamos corriendo de un lado para otro atendiendo obligaciones (el trabajo, labores domésticas, la compra, personas a tu cargo…), y atendiendo imposiciones propias (gimnasio, peluquería, partido de pádel, clases de cocina tipo Master Chef, redes sociales…).

El caso es que llegamos al momento en que el reloj marca la hora a la que debemos ir a dormir, y no sabemos ni cómo hemos llegado hasta nuestra cama… ¿Te suena esto de algo?

Desafortunadamente esta sensación de no tener el control está muy extendida. Y el gran problema es que los días pasan a una velocidad vertiginosa, todos iguales, o casi, y sin ser conscientes de ello, nuestra propia historia se va escribiendo por manos ajenas, sin saborearla, sin vivirla

Ayer, corriendo como siempre, aprovechando que las niñas estaban con su abuela, me disponía a recoger o limpiar no sé qué cuando miré al jardín. La grama verde bien cortada, la bugambilia que da intimidad a la casa, la fresca sombra del olivo sobre el césped… Lo dejé todo y me tumbé, así tal cual, sobre la hierba y nada mas. Dejando las prisas a un lado. Desde aquella postura (que a cualquiera que me hubiera visto le habría parecido que me había caído del balcón) sólo veía el cielo muy azul, golondrinas, las copas de los árboles del jardín y el tejado de la casa.

Respiré hondo, cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo sentí la necesidad del silencio. Silencio para escucharte; no para pensar ni planear lo que harás después, no. Silencio por el gusto del silencio. Silencio para poder sentirte. Reconocerte allí, en aquel lugar y en aquel preciso instante. Y sentir la brisa, el rumor de las hojas al rozarse, y el inevitable murmullo lejano de la urbe. Y así, me sentí inmensamente feliz.

Ahora lo llaman Mindfullness, otros meditación, yo simplemente recordé cuando éramos unos críos y tan a menudo nos tumbábamos a la bartola a (como decían nuestras madres) a pensar en las musarañas…

Me sentí tan bien, que he decidido tumbarme a la bartola a pensar en las musarañas al menos un par de veces a la semana…

 

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